Experiencias

Todo empezó con una simple nota

Durante muchos años quise compartir lo que fue mi experiencia con una enfermedad que me acompañó durante demasiado tiempo: la anorexia nerviosa. Buscando asociaciones de pacientes, clínicas, páginas especializadas…tuve la gran suerte de encontrar el blog «Cómete el mundo«. Este blog es un portal de referencia de trastornos de la conducta alimentaria, dirigido tanto a profesionales de la salud mental y educadores como a personas afectadas y familiares.

Me animé a escribirle a la persona autora de esta excepcional página, con el fin de compartir un texto en el que explicaba mis vivencias con esta enfermedad y cómo salí de ella. Ese mensaje que le envié fue el inicio de una colaboración que seguro que continuará por mucho tiempo. Manuel Antolín, psicólogo especializado en este tipo de patologías, no sólo es un gran profesional, es una persona extraordinaria y que me dio la oportunidad de publicar en su blog. Os animo a visitar el blog y escuchar su programa de podcast en RNE. Sin duda, a muchas personas os ayudará.

Dicho esto, os comparto el texto que publiqué en su blog el 11 de marzo de este año y que, para mí, supuso un gran paso. Al final del post os dejo los enlaces a las redes sociales del proyecto para que podáis seguirlo. 

Dibujo que hice con 15 años cuando mi psiquiatra me pidió que le describiera cómo me sentía

Una nota. Con una simple nota empezó todo. “Al volver a casa después del viaje voy a comer menos y a hacer ejercicio todos los días. No comeré dulces. Tengo que bajar de peso”. Así, con once años, la anorexia empezó a escribir la historia de lo que sería una lucha por sobrevivir. Más de veinte años después me dispongo a terminar de escribirla…sólo que, esta vez, las tornas han cambiado: ahora soy yo quien escribo mi historia.

No me costó, no me costó nada privarme de todo aquello que me encantaba comer. Quizás debido a mi alto nivel de autoexigencia que tanto había cultivado desde pequeña. Dejar de comer, vicia; calcular cada caloría, vicia; sentir el estómago vacío, vicia. Y ese vicio acaba convirtiéndose en una costumbre, en una forma de vida. Y esto es muy difícil de entender, y más, para quien no lo ha sufrido…cuesta entender cómo una niña con tantas cualidades puede llegar a entrar en ese círculo vicioso autodestructivo. Pero, sinceramente, es bastante fácil. No sólo eso, sino que es bastante lógico. ¿Quién podría soportar una presión constante sobre lo que debemos ser, parecer y aparentar?, ¿cómo se puede sobrevivir a una sociedad en la que prevalece el aspecto físico ante cualquier otra cosa?, ¿cómo una niña que desde pequeña no ha dejado ni un solo instante de esforzarse por ser “perfecta” puede llegar a adulta sin derrumbarse en el intento? Imposible.

La autoexigencia es un bucle de retroalimentación positivo. Nunca es suficiente, nunca te exiges lo suficiente. Y, entonces, estallas. En mil pedazos…y no te queda otra que ser capaz de darte cuenta de que eso tiene que parar, de que te toca agacharte a recoger tus propios pedazos. Para, después, intentar colocarlos como antes. Pero eso es imposible. Jamás serás como antes. Y eso también es bueno, porque lo que importa realmente es conseguir reconstruirte de nuevo y mejor. No perfecta. No como la mayor parte del mundo espera. No. Como tú decidas, como tú te quieras de verdad.

Lo complicado es describir cómo salí de ahí, ya que ahora lo veo todo desde lejos, como si estuviera recordando una película que vi hace ya un tiempo. En primer lugar, tuve la gran suerte de que mi madre y mi padre detectaron que algo no estaba bien desde el primer momento. Casi desde la primera señal que, incluso, aún recuerdo. Recuerdo aquella primera vez en la que intenté saltarme la merienda. Una, pasa. A la segunda, ya va siendo un poco raro. A la tercera, alerta. Por lo que tomaron la mejor decisión que podrían haber tomado: llevarme al que era en aquel entonces mi pediatra para pedirle opinión. Y él fue quien determinó, tras una evaluación psicológica, derivarme a una psicoterapeuta especializada en trastornos de la conducta alimentaria. Esta profesional me acompañó durante todos los años que duró mi enfermedad. Y eso es fundamental.

La ayuda profesional tanto a la persona que sufre la enfermedad como a la familia es imprescindible. En mi caso, se trataba de una consulta privada. Pero, obviamente, es necesario que exista esta opción en la sanidad pública para todas las personas que sufran este tipo de trastornos. Igual que es necesario que los prejuicios que existen alrededor de este tipo de trastornos desaparezcan, ya que el daño que generan sobre las personas que están sufriendo es mayor del que se piensa. El hecho de que muchas personas consideren que este tipo de enfermedades son de “niñas caprichosas y superficiales que quieren llamar la atención”, nos hace un flaco favor a todas. O, por lo menos, yo sentí muchas veces eso. Sentí vergüenza. Y si te sientes así, es mucho más difícil reconocer que tienes un problema. Y eso lo complica mucho más, puesto que reconocer el problema es el primer paso para salir de él. Ese paso, que parece pequeño, pero que es un mundo, es el comienzo de la esperanza. Es el comienzo de la solución.

Una vez que se detecta y que se toma la acertada decisión de buscar ayuda profesional, el proceso sigue siendo duro y difícil. Con subidas y bajadas. Con momentos de descontrol, de miedo, de vértigo, mezclados con momentos de calma, de ser consciente, de querer salir de ahí. Y vas ganando y perdiendo fuerzas, en un equilibrio adictivo. La buena noticia, es que eso significa que estás luchando. Aunque a veces no lo creas. Y en todo ese torbellino de vida, mejor dicho, de muerte en vida, yo me marcaba objetivos. Pequeños. Grandes. Pero objetivos. Uno de los más grandes…el deporte. Pasé prácticamente toda mi adolescencia sin poder hacer deporte o haciendo deporte de forma muy controlada. Y el deporte siempre había sido uno de mis mayores hobbies. ¿Cómo iba a permitir que esa parte tan fundamental para mí fuera algo prohibido?

Este tema es delicado, porque si estás en un momento complicado de la enfermedad, vas a usar el deporte con el único fin de adelgazar. Con el único fin de sentir que lo tienes todo bajo control, que esas calorías que consideras que has consumido de más han sido quemadas, borradas, eliminadas de tu cuerpo. Usar el deporte con el fin de eliminar esa sensación tan desagradable que te produce el haber acabado comiendo aquello que hasta te daba pánico oler. Ese es el peligro.

Sin embargo, considero que el deporte genera una serie de sensaciones tanto físicas como emocionales imprescindibles para la recuperación. A mí me ayudó, por lo menos en las etapas en las que me encontraba mejor, en las que los profesionales consideraron que sería bueno. Poco a poco, muy poco a poco, a lo largo de los años, convertí el deporte en una parte inherente a mí. Lo convertí incluso en una profesión convirtiéndome en monitora de diferentes actividades como el aerobic, el pilates o el baile.

Eso me salvó. Eso me permitió darme cuenta de lo que podía llegar a perderme. La sensación de terminar de dar una clase y que se te acerque una alumna o un alumno y te diga: “gracias, no te imaginas lo bien que me sienta dar una clase contigo”. No tiene precio. Quién me lo iba a decir a mí. Es curioso el haber transformado esa dualidad anorexia-yo, en deporte-yo. Ahora soy esa persona a la que todo el mundo conoce por sus clases, por sus entrenamientos, por sus divertidas coreografías de baile. Y no esa persona triste, apagada, que no quiere comer. Objetivos, objetivos que no nos dejen perdernos en el camino.

Quizás el hecho de haberme dedicado a la investigación en cáncer me ha ayudado también. Ahora sé que, en el fondo, tuve mucha suerte. Suerte porque yo, al igual que muchas otras personas que están pasando por lo mismo, sí tenía la opción de salir de esa enfermedad. Yo podía decidir salir de ahí. Sé que suena muy fácil ahora, pero obviamente sé que no lo es. Lo que sí sé es que es una realidad lo que acabo de escribir. Eso no significa que sea una lucha en solitario. Para nada. Pero sí es necesario hacer un ejercicio de introspección y dejarnos claro que somos nosotras y nosotros quiénes decidimos. Cuando eso lo llegamos a tener claro, cuando dejamos de culparnos y de culpar a los que nos rodean, cuando nos responsabilizamos de nosotras mismas, aunque sea duro y doloroso, nos estamos armando de resiliencia para seguir avanzando.

Y esto me da pie al siguiente punto. Salir de una enfermedad así nos hace crecer y madurar. En estos últimos años, ya fuera de la sombra del trastorno, mi lucha ha continuado, porque, en esta sociedad, en esta época, para las personas que hemos pasado por algo así, pero también para las que no, es muy fácil caer en la desesperanza, en la ansiedad, en el rechazo de una misma, de uno mismo. Por lo que buscar aquellos valores que nos reconforten, que nos fortalezcan, creo que es una de las cosas que a mí me ha seguido dando fuerzas. Valores como la sororidad, la empatía, la solidaridad. El sentir que formo parte de algo, que formo parte de un grupo que persigue lo mismo, que lucha en contra de las mismas cosas que yo. En resumen, el no sentirme sola. Que no es lo mismo saber estar sola, disfrutar de nuestro tiempo en soledad, a sentir que estamos solas o solos. Rodearnos de personas que nos aporten, que nos llenen, que nos den luz. Para poder llegar a hacer nosotras lo mismo por otras personas.

¿Estoy curada del todo? Posiblemente sí. Ya no me veo gorda, ya no me siento mal si en algún momento me paso con la comida, ya no me siento constantemente triste, ya no escondo comida, ya no miento sobre la comida, ya no me voy mirando en todos los espejos habidos y por haber, ya no me siento la grasa, inexistente para el resto, real para mí, ya no, ya no, ya no…. No digo que ya no me preocupe mi físico, no digo que no haya días en los que una se vea peor. Eso es normal. Lo importante, es relativizar, es quitarle importancia. Y ser conscientes de que la perfección no existe, y si existiera, tampoco creo que sea recomendable acercarse a ella.

Cada una, cada uno, somos seres únicos, que tenemos mucho que aportar y que tenemos mucho que sentir. “Déjate vivir”, como me decía una de mis psicólogas. “Déjate sentir”. No voy a conseguir lo que quiera en mi vida, ni siquiera voy a ser constantemente feliz. Eso no es real y, además, genera mucha presión. Pero sí voy a vivir de la forma más coherente que pueda y en paz. Cueste lo que cueste. Y si yo he conseguido llegar hasta aquí y escribir estas palabras, es porque realmente, realmente sé que salir de la enfermedad es posible. Y si con esto soy capaz de llegar a una sola persona, ya habrá merecido la pena. No estás sola, no estás solo. Por lo menos ya sabes que, al menos, hay otra persona en el universo que te puede tender una mano.

 

Blog «Cómete el mundo» Twitter: @cometeelmundo8  Instagram: cometeelmundotca Facebook: @cometeelmundotca Podcast: RNE Radio5 Domingos 09:30, iVoox  
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